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Robert A. Caro: escribir es morir - El Estornudo
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Robert A. Caro: escribir es morir

Caro ha acumulado todos los premios a los cuales un escritor norteamericano puede aspirar: otro Pulitzer, dos National Books Critics Circle Award, varios National Books Awards y hasta la National Humanities Medal, entregada en 2010 por Barack Obama.

El Estornudo
03.05.2019 Por El Estornudo / Foto: El Estornudo 16 minutos de lectura.

Solo
el temor a una muerte cercana ha logrado vencer la inquebrantable
vocación de Robert A. Caro. Únicamente así, pensamos, el «último
gran biógrafo del siglo XX» sería capaz de posponer el final del
trabajo al cual ha dedicado la mayor parte de su vida, para redactar
y organizar los textos autobiográficos que, a manera de discreta
memoria profesional, publicó a principios de abril el sello Knopf,
bajo el ascético título de Working.

Durante
la última década de su vida —con especial énfasis en los años
recientes— Caro ha dejado atrás la profunda intimidad que le ha
caracterizado como investigador, en una actitud sinceramente
inesperada por buena parte de sus lectores, que no son pocos. Al
parecer, en respuesta a la preocupación reflejada por estos en un
reciente artículo de The
Wall Street Journal
:
que su obra, como mismo la Canción
de Hielo y Fuego
de
George R.R. Martin, quede inconclusa.

Durante
más de medio siglo, el simpático “Bob” Caro se ha sentado la
mayoría de sus días —de 9 a 5— en una torre del centro de Nueva
York, a escribir dos de las grandes obras maestras del género
biográfico. Cuando no, ha visitado bibliotecas y archivos para
documentarse o ha entrevistado a cientos y cientos de personas, más
o menos allegadas a los sujetos de sus textos. Así, durante los
largos años de su carrera periodística.

Pasó
toda una década investigando y redactando The
Power Broker
, un
musculoso volumen que relata la vida del urbanista Robert Moses, a
quien Nueva York debe, en buena medida, su forma actual. Y, como si
esto fuese poco, desde mediados de los setenta ha estado publicando,
en entregas separadas por diez años cada una, The
Years of Lyndon Johnson
,
recuento no menos voluminoso de la vida del 36º Presidente de los
Estados Unidos.

Sin
embargo, a los ochenta y tantos el impasible reportero parece otro.
En sucesivas entrevistas y perfiles (en New
York Times Magazine
,
en Esquire,
en National Public
Radio
) Caro ha
confesado que el miedo de no poder terminar su obra maestra le
visita, cada vez con más frecuencia, en los últimos años.

Por
eso ha revelado, a quien desee escucharlos y publicarlos, sus más
íntimas posesiones: sus métodos de investigación y escritura, las
historias paralelas a sus libros, los momentos en que su obra puso en
peligro el matrimonio y algunas de las confesiones más personales
que logró arrancarles a la familia y los amigos de los dos hombres
sobre los cuales ha escrito mastodónticas biografías.

Working
es, podría decirse, el producto más acabado de ese temor, tan
natural, tan humano. Dos meses antes de su lanzamiento, aprovechando
su buena relación con el veterano reportero, David Remnick publicó
en The New Yorker un
extracto del libro que, una vez leído, hace que salte a la vista una
peculiaridad: las editoriales suelen dedicarles este tipo de
compilaciones a periodistas cuando el núcleo de su obra ya está
completo, no cuando aún falta la pieza más importante.

***

La
crítica ha sido generosa con este libro, menos por su calidad
(diríase que es una semi-memoria) que por la majestuosa obra que lo
respalda. Caro considera que sus libros, más que a ser precisos
recuentos de la vida de importantes personalidades, aspiran a
reflejar los medios por los cuales estos alcanzaron el poder, cómo
lo usaron y hasta qué punto sus decisiones caracterizaron la época
en que vivieron. Además de su profundo compromiso con la verdad, su
inusual acercamiento a estos temas —estudió Lengua y Literatura
inglesas en Princeton— estuvo marcado por un suceso específico al
principio de su carrera como periodista.

De manera fortuita, contaría muchos años más tarde, un joven Robert Caro logró integrar el equipo de periodismo investigativo que Alan Hathway dirigía en el periódico Newsday a mediados del siglo pasado. Poco a poco, su instinto natural para desenterrar historias ocultas y su inusual atracción por la revisión de cualquier papelería se combinaron para su primer éxito: una serie de reportajes acerca de estafas en el negocio de bienes raíces.

Caro
descubrió una inmensa red de embaucadores que se dedicaban a vender
propiedades en zonas desérticas de Arizona o la Florida a
pensionados. La historia no solamente trajo gran prestigio para el
periódico, sino que condujo a una participación directa del Senado
en el escándalo de los llamados Missery
Acres
. Su próxima
asignación sería la sospechosa construcción de un puente que
uniría a Long Island con Rye, en su natal Nueva York.

El
proyecto comprendía, entre otras contradicciones, la construcción
de unos muelles que, de concretarse, dañarían el curso de las
mareas y causarían un aumento significativo de la contaminación en
las aguas. «Fui hasta Albany, vi al Gobernador Rockefeller, tuve un
largo despacho con su Consejo», relató Caro a The
Paris Review
en
2013. «Vi al portavoz de la asamblea (…), y me entrevisté con el
presidente del Senado en el estado, Joseph Zaretzki. Todos
entendieron que el puente era una terrible idea».

Sin
embargo, dos meses más tarde un informante en Albany lo llamó
diciéndole que Robert Moses, reconocido funcionario público y
urbanista, había estado en la ciudad un día antes y le parecía que
el periodista debía ir hasta allá lo más pronto posible. Llegó
apenas a tiempo para ver cómo la moción a favor de la construcción
del puente era aprobada por una inmensa mayoría.

Hasta
ese entonces, el joven Bob creía conocer lo que era el poder
político. Sin embargo, ahí estaba la gigantesca figura de Moses,
tomando decisiones de impacto masivo sin poseer cargos en el
gobierno, para demostrarle cuán equivocado estaba. Para entender
mejor las esencias del poder político, Caro consiguió que le
concedieran una Beca Nieman en Harvard, para estudiar planificación
urbana.

Allí
tuvo la primera epifanía que definiría su vida en lo adelante.
Mientras recibía una asignatura conducida por los dos autores del
libro de texto utilizado para urbanismo y planificación física,
Caro cuenta que escuchó con paciencia cómo las autopistas y los
puentes eran construidos «hasta que de pronto un día me dije, Todo
esto está mal. Ellos no saben por qué las autopistas se construyen
donde se construyen, y yo sí. Se construyen donde se construyen
porque Robert Moses las quiere construidas allí».

La
segunda epifanía llegó cuando por fin decidió comenzar a darle
forma a una profunda investigación sobre el magnate, más bien,
sobre cómo había llegado a poseer tan alto grado de poder y cómo
el poder había cambiado no solo su vida, sino la de millones de
personas. Comprendió de inmediato que el espacio de un periódico
jamás podría satisfacer esa necesidad.

Su
esposa Ina, su única compañera en la vida y en sus trabajos durante
todos estos años, le siguió incondicionalmente en un proyecto que
era poco menos que un sueño: un insignificante reportero de origen
judío se enfrentaría al hombre más poderoso de la ciudad más
grande del mundo. Pocas personas influirían tanto en la vida de Caro
como su esposa.

Quizás
su padre, quien se encargó de que matriculase en el colegio Horace
Mann, última voluntad de la madre muerta en su niñez. En aquel
lugar escribió sus primeros cuentos, visitó las primeras
bibliotecas y adquirió los hábitos de solitario que habrían de
acompañarle hasta hace poco. Quizás el crítico Richard P.
Blackmur, su profesor en Princeton, quien notó en el joven Caro un
gran potencial oculto detrás de un profundo desinterés por la
dedicación al trabajo. O Alan Hathway, el hombre a quien dedica el
primer segmento de Writings,
quien le regaló el mejor consejo: «Voltea cada página».

Solo
Robert Gottlieb —mítico editor norteamericano, confidente de un
puñado de Premios Nobel— ocupa un lugar en su carrera equiparable
al de su esposa. Mientras Ina enseñaba en una escuela nocturna,
después de haber vendido su casa en Long Island para apoyar el
proyecto de su esposo, Robert Caro buscaba desesperadamente una
editorial dispuesta a financiarle el resto de su libro y
publicárselo.

Otro
desenlace fortuito le llevó hasta Knopf,
de la mano de su recién conseguida agente, Lynn Nesbit. El sello
pagaría por el proyecto, solo si Caro se comprometía a trabajar en
un segundo libro, una biografía de Fiorello LaGuardia. Se
comprometió sin pensarlo.

Allí
nació la relación con su único editor, Gottlieb, quien se
encargaría de bregar con la reticencia de Caro por realizar cambios
en el estilo de sus textos u, ¡horror!, cortar material de sus
manuscritos. A pesar de que el editor eliminó «unas 350 000»
palabras del original y de que el propio Moses lo atacó en cuanto
vio la luz, The
Power Broker
fue un
gran éxito, que le mereció a su autor el Premio Pulitzer a Mejor
Biografía en el año 1975.

Con este, Caro se situó en la cabeza de una corriente del género biográfico que busca ofrecerle al lector una visión de la época lo más completa posible, a través de los recursos de la estructura y la narración. Robert Moses pasó de ser un joven idealista que construyó parques y playas, a un ególatra cegado por la ambición de poder, a expensas del cual cambió para siempre el mapa de la ciudad más importante de Estados Unidos.

Las
evidencias recopiladas por Caro y otros investigadores dan segura
cuenta de ello. Sin embargo, secciones enteras de las 1162 páginas
que conforman The
Power Broker
están
dedicadas a personas cuya influencia en Moses permiten encontrar
vestigios de la persona en que se convertiría, o a alguna de las
barriadas que la maquinaria de poder bajo su mando destruyó para
construir carreteras o puentes. Es por esto que el libro es material
de estudio en colegios, tanto de periodismo como de urbanismo, en los
Estados Unidos.

«Siento
un gran orgullo cuando me subo al tren número 1 y veo a muchachos de
Columbia leyendo mi libro», dijo hace poco a The
New York Times Magazine

el autor.

Aun
así, Caro no estaba satisfecho. La acumulación de riquezas en zonas
adyacentes a los centros políticos de la ciudad convirtió a Moses
en un caso atípico en el ejercicio del poder. Fue, diríamos, un
innovador. Para cuando Robert Gottlieb lo citó en su oficina de
Knopf
para discutir aquel proyecto previamente acordado, ya el reportero
—ahora biógrafo— sabía el nombre de su próximo objetivo y no
era precisamente LaGuardia.

En
otro increíble giro de los acontecimientos, ambos aseguran
desconocer qué los llevó a tomar la decisión que definiría la
carrera de Robert Caro.

«Es
un error», dijo Gottlieb acerca del proyecto de LaGuardia, «(…)
No viene de ninguna parte, ni nada sigue después de él».

Atónito,
incapaz de pronunciar una palabra, Robert Caro asegura que no podía
creer las palabras que saldrían de la boca de su editor sin siquiera
él mencionar su idea:

«Creo
que deberías escribir sobre Lyndon Johnson».

***

La
publicación de Writings
y todo lo que lo rodea, está marcada por algunos vicios impropios de
un autor del talante y la seriedad demostrada por Robert Caro durante
más de medio siglo. Pintorescos artículos describen por estos días,
aquí y allá, la figura de un gentil octogenario que muestra
felizmente sus hábitos de copista, su traje y su corbata, las
libretas donde escribe a mano, la máquina de escribir Smith Corona
—una de tantas que conserva— donde da forma a sus libros, los
lápices con que corrige los borradores. Queda poco de aquel tímido
alumno de Princeton.

Después
de luchar durante mucho tiempo contra los impulsos de egoísmo
propios de quien ejecuta el solitario ejercicio de la escritura, el
miedo a que su obra se trague a su persona le ha hecho demorar la
importante tarea que aún no termina. Como si tuviese tiempo que
perder.

Aun
así, no hay que engañarse: en ese pequeño “capricho” de unas
200 páginas que es Writings,
así como en su ensayo en The
New Yorker
, hay
elementos de gran valor. El primero de todos es que logra ofrecer al
lector ajeno al nombre que firma esas páginas una idea de la
poderosa masa que sostiene ese pequeño artículo, como mismo la
punta helada del iceberg es apenas una nariz sobre la superficie del
mar.

Robert
Caro comenzó a trabajar en lo que hoy conocemos como The
Years of Lyndon Johnson
en
la segunda mitad de la década de los 70 del siglo pasado. El
resultado de su trabajo ha cambiado para siempre la naturaleza de la
biografía política. El proyecto, que él se planteó terminar «en
unos seis años», tuvo su primer fruto en 1982, con la publicación
de The Path to
Power
. Ocho años
más tarde, publica Means
of Ascent
y otros
doce años después Master
of the Senate
. La
más reciente entrega, The
Passage of Power
,
llegó en 2012, otros diez años más tarde y hace ya siete.

Por
el camino, Caro ha acumulado todos los premios a los cuales un
escritor norteamericano puede aspirar: otro Pulitzer, dos National
Books Critics Circle Award
,
varios National
Books Awards
y
hasta la National
Humanities Medal
,
entregada en 2010 por Barack Obama, primer presidente negro de los
Estados Unidos. Durante la entrega, Obama dijo recordar claramente
cuando leyó The
Power Broker
siendo
un joven y aseguró que esa lectura le ayudó a definir su carrera
política.

Sin
embargo, durante todo ese tiempo este autor no ha escrito textos de
opinión para grandes medios, ni ha dictado una gira de conferencias
acerca del poder político en teatros de prestigiosas universidades,
apenas si ha publicado adelantos de cada uno de sus volúmenes sobre
el presidente Johnson. Con ejemplar dedicación, Robert Caro ha
entregado su propia vida a cambio de relatar con precisión la de un
hombre cardinal en la historia de su país.

El
senador que conquistó al Sur segregacionista para luego proveer a
los negros de derechos civiles por primera vez en la historia. El
hombre que juró el cargo de Presidente a bordo del Air Force One,
luego de que John Fitzgerald Kennedy muriera trágicamente en Dallas.
El Comandante en Jefe de las tropas que desembarcaron y murieron
ominosamente en las selvas de Vietnam. Pero también —gracias a
Caro lo sabemos— el joven marcado por la difícil relación con su
padre, el ambicioso compañero de clases, el velado amante.

Los
miles de lectores de sus libros, esos que aseguran no poder abandonar
la lectura una vez comenzada a pesar del grosor de cada tomo,
conocerán ahora, justo antes del acto final, a la persona detrás de
esos prodigios.

Aquel
que consiguió la historia del chofer personal del presidente,
lacónico como nadie, a quien Caro debió dedicarle largas horas
agujereadas por monosílabos y gemidos. El que logró confirmar, a
través del hombre que repartía el periódico en el vecindario, la
reacción de los padres de Robert Moses al enterarse de los problemas
en que estaba metido su hijo. Cómo él y su esposa rastrearon hasta
un campamento de tráilers en el norte de la Florida al hombre que
confirmaría las tretas de Lyndon Johnson para ganar unas elecciones,
o cómo la hermana de la más célebre amante del presidente lo buscó
una mañana en el archivo personal del mandatario, la justa mañana
en que él se había topado con una carta suya para él.

Los
astutos editores de The
New Yorker
no
quisieron pasar por alto en su selección de Writings
un pasaje específico que revela, a la misma vez, el atractivo
misterio que caracteriza al reporteo y los motivos que llevaron a
Caro a escribir este volumen recopilatorio.

Durante
años, Bob mantuvo entrevistas con Sam Houston Johnson, hermano del
presidente, tejano de pura cepa, adorador de la figura de su hermano
y, sospechaba él, un estridente impostor. Luego de casi un año sin
verle —período en el cual aún no lograba caracterizar
adecuadamente la relación padre-hijo del presidente y su progenitor—
el periodista se topó con él en un local de Johnson City, poblado
natal de los Johnson, a donde Caro se había mudado con Ina dos años
atrás. Sam había atravesado por un difícil tratamiento contra el
cáncer y ahora usaba bastón, apenas podía alzar la voz y no
quedaba ni rastro del centelleante llanero de años atrás.

De alguna manera, cuenta Caro, logró llevar a Sam hasta la casa donde pasó su niñez junto a su hermano y sentarlo en la misma silla donde se sentaba a la hora de la cena, en la hora exacta en que solían servir la mesa en la casa de Ealy Johnson, padre de Lyndon, Sam y Rebekah. Una vez allí, le pidió que le contara acerca de las discusiones que el futuro presidente y su padre mantenían, la intensidad que alcanzaban, el papel conciliatorio de la madre, su propia impavidez.

No
solo logró un vívido detalle de parte de Sam Houston Johnson, sino
que, en un momento cumbre de su investigación, Bob Caro, sentado en
una silla a sus espaldas con una libreta abierta, le pidió que le
volviera a contar todas aquellas fabulosas historias de su hermano
que él mismo había relatado, con lujo de detalles, en otras
ocasiones:

«“No puedo”, dijo Sam Houston.

“¿Por qué no?”, pregunté.

“Porque nunca sucedieron”».

De
ahí en adelante, el hermano del joven que llegara a ser presidente
volvió sobre sus pasos en cada una de las historias acerca de la
juventud de su hermano, lo cual sirvió de base para confirmar que
los primeros años de vida de Lyndon Johnson, en realidad, fueron
bien distintos a lo que todos, incluido él mismo, creían. La
cercanía de la muerte hizo cambiar a Sam.

Cuando todavía falta un quinto y definitivo volumen para cerrar The Years of Lyndon Johnson, la constante exhortación de todo aquel que escribe sobre él a «sacar cuentas» acerca de su edad y el estado de su proyecto ha conseguido irritar a Bob Caro. Por eso ha escrito Working, ralentizando su íntima carrera contra el tiempo.

Lo
confiesa al cierre de su reciente texto. Se ha dado cuenta de que
gran parte de los informantes a los que él volvía, una y otra vez,
han muerto. Ha notado que la historia que se conoce de LBJ, ese
detallado relato de sus gustos, de sus iras, sus escamoteos y sus
logros, esconde otra igual de fascinante que aún está por contarse:
la suya propia.

Sin
embargo, no se amilana. Tiene planes: el quinto volumen, por
supuesto, para el cual asegura que llegará hasta Vietnam, en busca
de los mismos elementos que encontró en Jonhson City y en la Casa
Blanca. Y una memoria en toda regla donde podrá relatar, con el lujo
de detalle que tanto disfruta este biógrafo fundamental, los
pormenores de sus estudios sobre el uso del poder.

A los 83 años, Robert A. Caro se está quedando solo con su historia. Esa vida paralela que, como bien ha señalado alguien, le tomó casi menos tiempo a Lyndon Johnson vivirla que a él contarla.

El Estornudo

El Estornudo

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.


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