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La semilla mágica - El Estornudo
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La semilla mágica

Si alguien, después de todo, leyó en Granma el reporte sobre el balance del Ministerio de la Agricultura, ese desgraciado lector puede quedarse tranquilo, no hay ninguna probabilidad de que el «extensionismo agrícola», en su revolucionaria variante cubana, pueda hacer que la agricultura de la isla llegue a estar en una situación aún más desastrosa que la actual.

Juan Orlando Pérez
07.04.2019 Por Juan Orlando Pérez / Foto: Juan Orlando Pérez 16 minutos de lectura.

Nadie lee ya Granma, y quizás nadie lo ha hecho en años. Dicen que un hombre fue visto leyendo Granma en un parque de Nuevitas alrededor de febrero del 2006, pero ese avistamiento no ha sido confirmado por fuentes independientes. Es una lástima, porque el periódico del Partido Comunista de Cuba reporta de vez en cuando noticias a las que el público debería prestar alguna atención. Después que nadie se queje, y acuse a Granma de no reportar lo que pasa en la isla. Hace algunas semanas, Granma reseñó, muy detalladamente, la intervención del presidente Miguel Díaz-Canel en la reunión de balance anual del Ministerio de la Agricultura. Es comprensible que el artículo, titulado “Por una mayor soberanía alimentaria de Cuba”, no causara de inmediato, como debería haber ocurrido, un debate nacional. Cada cubano ha ido a decenas de “reuniones de balance” en su vida, y sabe que hay pocas cosas más dañinas que ellas para la salud humana. De veras, esas reuniones causan daños irreparables en algunos órganos vitales, principalmente el hígado, los riñones y el corazón, algún día se publicarán estudios probándolo. Hay indicaciones preliminares de que los cubanos que no tienen obligación de participar en tales reuniones, o se han excluido de ellas voluntariamente, viven un promedio de cinco años más que sus compatriotas que sí tienen que asistir. Una de las principalísimas razones por las que Raúl Castro abandonó la jefatura del Estado es que no podía, ni siquiera él, hermano del fundador de este género de reuniones, tolerar una más, sus médicos se lo prohibieron. Al presidente de Cuba le corresponde asistir a incontables reuniones de balance cada año, más que a cualquier ciudadano, como debe ser, que para eso es presidente. Quizás hay algunas que son más entretenidas, o ligeramente menos absurdas, pero el balance anual del Ministerio de la Agricultura debe ser de las peores, de las que Raúl detestaba más, aborrecimiento que ahora debe sentir, con la misma pasión, Díaz-Canel. Todos esos reportes sobre tomates que se pudrieron, piñas que no crecieron, vacas que se suicidaron, son muy deprimentes. Si queda en el mundo algún lector de Granma a pesar de la evidencia que indica lo contrario, ese pobre hombre o esa infortunada mujer debe haber reaccionado con espanto al título de la noticia sobre la presencia de Díaz-Canel en el balance agrícola cubano, y debe haber buscado inmediatamente amparo en la sección deportiva, aunque no le gustara ni el fútbol ni el béisbol.

La nota de Granma, sin embargo, merece ser leída con atención y quizás hasta que se escriban sobre ella ponencias para presentar en LASA. En el futuro, cuando los historiadores investiguen cómo se extinguió el pueblo cubano, qué misterioso cataclismo hizo que desapareciera silenciosamente la nación que una vez estuvo a punto de enfrentar a las potencias del mundo en una guerra nuclear, esa nota de Granma les explicará todo lo que quieran saber, tanto como algunos mustios recortes de los periódicos de Múnich de 1919 sobre mítines de facinerosos en oscuras tabernas de la ciudad nos sirven ahora para identificar el comienzo del Holocausto. El tristísimo final de los cubanos, el punto en que perdieron su razón para existir como nación, podrá ser ubicado en la tarde del 25 de febrero de 2019, cuando Díaz-Canel, según reporta Leticia Martínez en Granma, «subrayó la necesidad de continuar trabajando para alcanzar la soberanía alimentaria que permita una mayor seguridad nacional». El presidente, quizás imprudentemente, ofreció en ese cónclave, de acuerdo con la reportera Martínez, algunas ideas sobre cómo la llamada «soberanía alimentaria» podría ser conseguida. Por ejemplo, Díaz-Canel insistió, es necesario que los “cuadros”, esos misteriosos personajes que son los que efectivamente gobiernan Cuba, muestren «mayor sensibilidad ante los problemas», y que les duela «cuando una cosecha se está perdiendo, cuando un producto que le podíamos haber dado a nuestro pueblo no le llega, o cuando no se hacen las cosas bien».

El presidente, que es lo suficientemente listo para comprender que las lágrimas de los “cuadros” solas no van a hacer que las vacas de Guáimaro den más leche que las de Suiza o que las naranjas de Morón sean más jugosas que las de Andalucía, y que además, no hay “cuadros” suficientes en Cuba biológicamente capaces de llorar, aclaró que eran muy importantes también la ciencia y la tecnología, que podrían dotar a la isla, por ejemplo, «de semillas de calidad», algo que describió como «un tema básico y definitorio para la agricultura en el país». Los atormentados profesores de la Universidad Agraria de La Habana y los investigadores de la miríada de institutos científicos dedicados al tema en la isla deben haberse sentido muy sorprendidos al escuchar a Díaz-Canel decir que la solución a la crónica crisis de la agricultura cubana la debían encontrar ellos. Pero el presidente tenía aún otras sugerencias, además de regar semillas mágicas con lágrimas de “cuadros” revolucionarios, la «agricultura de precisión», que permite «ahorrar fertilizantes y pesticidas», como hacían tan eficazmente los taínos, la «agroecología», que es, dijo, «más sana, y responde al concepto de desarrollo sostenible», y el «extensionismo agrícola», descrito como una «innovación cubana por definición», una frase, «innovación cubana», que, cuando es pronunciada por el presidente de Cuba, y no, relajadamente, por un plomero, un carpintero o un botero de La Habana, o incluso, en algunos raros casos, por un científico, debería activar instantáneamente una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El futuro del mundo, ya no el de la isla, está en peligro cada vez que esa frase aparece en Granma.

Afortunadamente,
el «extensionismo agrícola» cubano no parece ser una amenaza tan
severa a la paz y la seguridad mundiales como la renuencia de Raúl
Castro a dejar caer a Nicolás Maduro en Venezuela. Pero tampoco
parece que sea una solución tan formidable como las semillas de oro
que los científicos cubanos han sido encargados de crear. El
«extensionismo agrícola» es una «innovación cubana» tanto como
lo fueron antes los camellos,
el fricandel y
las tribunas abiertas,
es decir, la jovial aberración de un concepto extranjero, la
educación de comunidades agrícolas para que adquieran prácticas
más avanzadas de producción, el transporte público de pasajeros,
el frikandel
holandés, la democracia. Si alguien, después de todo, leyó en
Granma el
reporte sobre el balance del Ministerio de la Agricultura, ese
desgraciado lector puede quedarse tranquilo, no hay ninguna
probabilidad de que el «extensionismo agrícola», en su
revolucionaria variante cubana, pueda hacer que la agricultura de la
isla llegue a estar en una situación aún más desastrosa que la
actual. Tampoco la «agricultura de precisión», basada en el uso
de exquisitamente detallada información sobre suelos, vientos y
lluvias obtenida a través de alta tecnología, o la «agroecología»,
que examina el vasto alcance ambiental y social de las prácticas
agrícolas, representan una amenaza para la alimentación de los
cubanos, y en realidad, serán muy beneficiosas para algunos
científicos y académicos de la isla, que podrán escribir ponencias
sobre las experiencias de su país en esas materias en colaboración
con la FAO, el Programa Mundial de Alimentos, o la Unión Europea, e
ir a LASA a presentarlas.

Ninguna
de esas ideas va a producir en Cuba una col de más, ni una col de
menos. Lo más grave que reportó Granma
de la reunión de balance fue la presencia en ella de José Ramón
Machado Ventura, un hombre que lleva décadas dedicado, tenazmente, a
destruir la agricultura cubana. Si Cuba tuviera su tribunal de
Nuremberg para juzgar a los responsables de que el país importe casi
el 70% de los alimentos que consume, y esté, sesenta años después
de la revolución, todavía racionando el hambre, Machado Ventura no
sería el principal acusado, ese estaría ausente, como Hitler en
Nuremberg, pero Machadito
tendría quizás el papel de Göring, el del diligente cómplice. Los
fiscales podrían presentar kilómetros de periódicos y años de
televisión reseñando los interminables recorridos de Machado
Ventura por el país, visitando fincas y vaquerías, frigoríficos y
plantas de producción de jugos y puré, aconsejando, amonestando,
impartiendo instrucciones. En la reunión de febrero, Machado Ventura
tomó la palabra para exigir «que los productores tienen que cambiar
la mentalidad con relación a la siembra destinada al alimento
animal». Añadió, exasperado, que «el pienso que importa el país
es muy costoso, de ahí que deban sembrarse plantas proteicas con ese
destino», una idea que podría llevar, si le hacen caso, a la
definitiva extinción de la ganadería en Cuba, la última vaca se va
a arrojar de bruces delante de un tren. Lo primero que tendría que
hacer Díaz-Canel si quiere que la gente tome en serio lo que diga
sobre agricultura y «soberanía alimentaria», e incluso, que lean
Granma sin
que se les quemen los ojos, es jubilar a Machado Ventura, o al menos,
no invitarlo a la reunión de balance del Ministerio de la
Agricultura. Prohibirle la entrada. Después podría hablar del
«extensionismo agrícola» todo lo que quiera.

Veintiocho
años atrás, casi exactamente, en febrero de 1991, Machado Ventura
asistió a otra reunión dedicada casi en exclusividad a la crisis de
la agricultura cubana, la Asamblea del Partido Comunista en lo que
era entonces la provincia de La Habana. Los que tienen edad para
recordar aquella época, se estremecerán con la sola mención del
Programa Alimentario, eternamente asociado con símbolos tan lúgubres
como el plátano microjet,
las Brigadas Estudiantiles de Trabajo, el campamento El Paraíso, el
contingente Blas Roca y el compañero Cándido Palmero. Al final de
aquella Asamblea, como al de cada otra asamblea, conferencia,
congreso o reunión de balance celebrados en Cuba entre 1959 y 2006,
Fidel Castro pronunció un discurso rebosante de enérgico optimismo.
Fue un tour de force,
una actuación sublime, una feroz demostración de control y
manipulación de la información que Díaz-Canel no podría nunca
igualar. Con su país rápidamente descendiendo a la edad de las
cavernas tras la desaparición de la Unión Soviética, Fidel
presentó un plan supuestamente inexpugnable para evitar una
hambruna. No se le ocurrieron en aquella ocasión ideas visiblemente
estrafalarias, el momento, tan grave, no permitía improvisaciones o
fantasías. Sencillamente, mintió. Habló extensamente, como
Díaz-Canel haría décadas después, de la necesidad de producir en
Cuba semillas de calidad de cada cultivo importante, incluso de papa.
«Ya tenemos biofábricas en La Habana y en Villa Clara para llegar a
producir toda la semilla de papa en nuestro país». Como la
«agricultura de precisión» o la «agroecología» no habían sido
inventadas aún, Fidel pidió a los científicos cubanos apurarse en
la creación de pesticidas, herbicidas y fertilizantes. «Esa es una
de las ramas que vamos a desarrollar fuertemente», afirmó. Fidel
habló de «mecanización», notó que había máquinas para el
cultivo del arroz, e incluso para recoger papas, pero que las viandas
y vegetales tenían que ser cultivadas y recogidas mayoritariamente a
mano por trabajadores agrícolas. Y de esos, no había suficientes.
“Cuadros”, había muchos, las reuniones de balance estaban llenas
de ellos, pero gente que se levantara a las cuatro de la mañana a
guataquear, uno por cada cien “cuadros”. Pero Fidel tenía el
remedio también para ello.

El Programa Alimentario, en lo fundamental, fue una solución de emergencia al perenne problema de la falta de trabajadores agrícolas en el momento en que la interrupción abrupta del comercio de Cuba con sus socios comunistas obligó a la isla a buscar la forma de alimentar a su propia población con mínimas importaciones. Puesto que no podía reconstruir por decreto las comunidades, la cultura y la economía campesinas destruidas durante cuarenta años, Fidel empujó a los campos de Cuba, a sembrar plátano, escardar boniato, y recoger papa, a centenares de miles de personas que apenas sabían lo que estaban haciendo, lo hacían a desgana, o por obligación, o chapuceramente, para cumplir metas y planes, y aprovechaban la ocasión, encima, para robar todo lo que pudieran, un tomate, o diez sacos. Fue un estropicio, los indicadores de productividad de los movilizados por el Programa Alimentario deben haber sido de los más bajos entre los trabajadores agrícolas de todo el mundo. Pero Fidel vio otras ventajas en aquella gigantesca movilización, en obligar a los habitantes de las ciudades a ir al campo a trabajar en vez de quedarse en sus casas quejándose del hambre. «No se sabe lo que vale este fortalecimiento ideológico en las condiciones actuales que vive el mundo, este fortalecimiento ideológico en instantes de crisis del socialismo», gritó, «¡que nosotros podamos demostrar aquí lo que puede el socialismo, que podamos demostrar aquí la fuerza de nuestras ideas!» A pesar del caos, la improvisación y el sinsentido del Programa Alimentario, la producción nacional de algunos cultivos aumentó durante aquellos años lo suficiente para compensar, en una pequeña medida, la icárica caída de las importaciones. Los cubanos comieron plátano burro hasta que le cogieron asco, pero eso fue mejor que nada. Y mejor que el fricandel. Cualquier cosa es mejor que el fricandel. Hasta que el plátano burro también se perdió.

En
aquel discurso de 1991, en presencia de Machado Ventura y quizás de
algunos otros “cuadros” nonagenarios que asistieron a la reunión
de balance del Ministerio de la Agricultura semanas atrás, Fidel
reconoció que había que considerar una solución definitiva a la
falta de trabajadores agrícolas, y anunció que los contingentes,
con el “Blas Roca” a la cabeza, estaban construyendo decenas de
comunidades rurales, Xanadús cubanos esmeradamente planeados para
atraer al campo, permanentemente, población urbana. Casi treinta
años después, el campo cubano sigue despoblado, y ni siquiera la
tímida reforma raulista de 2010 que entregó tierras ociosas del
Estado en usufructo a quienes quisieran trabajarlas ha provocado un
éxodo de ciudades y pueblos hacia los marabuzales que encadenan la
isla de este a oeste. Cuba sigue comprando semillas de papa, a precio
de oro, en el extranjero. Y no solo semillas, papa también, en Perú.
Y arroz, en Vietnam, y azúcar, en Francia, 2500 millones de dólares
cada año en alimentos, la mitad de los cuales, al menos, según
estima el propio gobierno cubano, podrían ser producidos en la isla,
no se trata de cultivos que necesiten el clima de las Pampas o el de
Kamchatka para crecer. Y fertilizantes, Cuba sigue comprándolos en
el extranjero, al precio de 500 dólares por tonelada. Una fábrica
de fertilizantes, descrita por Juventud
Rebelde
como «la más moderna del
país», acaba de ser construida en Cienfuegos con componentes
importados de la India, pero sus propios directivos admiten que «no
es una tecnología de alto rigor, incluso resulta menos compleja que
la que operaba anteriormente». Ceiba del Agua, en la actual
provincia de Artemisa, de la que Fidel dijo en 1991 que iba a ser
«uno de los mejores huertos del mundo, con las técnicas más
modernas», capaz de producir anualmente hasta 200 mil toneladas de
frutas, distribuyó solo 2600 toneladas en 2018, según reporta EFE.
La empresa Cítricos Ceiba se las arregló para exportar 40 toneladas
de aguacate y 20 de ají el año pasado, que es lo que un hípster de
Londres consume, él solo, en seis meses.

Díaz-Canel
no es directamente responsable de esta catástrofe. El
Estornudo
no ha logrado comprobar si el
actual presidente de Cuba asistió a la Asamblea del Partido
Comunista de La Habana en febrero de 1991, junto a Machado Ventura y
otros gerifaltes que tres décadas después del comienzo del Programa
Alimentario todavía continúan arrasando el país. En febrero de
1991, Díaz-Canel tenía 30 años, era miembro del Comité Nacional
de la Unión de Jóvenes Comunistas y no le había pasado todavía
por la cabeza la idea de convertirse en presidente de Cuba. Como
todos los cubanos, creía que Fidel no iba a morir nunca. Durante
treinta años, Díaz-Canel se limitó a ejecutar, primero en Villa
Clara, luego en Holguín, luego en el Ministerio de Educación
Superior, cada despropósito, cada imbécil orden, de Fidel, Raúl y
Machado Ventura. En ese largo período, debe haber asistido a, no es
una exageración, miles de reuniones de balance, él sí no va a
llegar a los noventa, su hígado debe ser ya una piedra. Pero algo
debe haber aprendido en esas reuniones, si es que no es completamente
idiota, o malvado. No funciona. Ya no digamos el país, la economía
castrista, el autoritarismo. La agricultura cubana, no funciona, la
reforma de Raúl ha fracasado grotescamente, ni siquiera rozó las
causas estructurales y culturales de la insólita improductividad de
Cuba, su transformación de vergel de las Américas en erial. Eso lo
saben casi todos los cubanos que no asistieron a la reunión de
balance del Ministerio de la Agricultura. Ahora Díaz-Canel no puede
pretender ignorancia, o estar ejecutando órdenes. El que presidió
la reunión de balance fue él, se dirá tiempo después en el
Nuremberg cubano. Díaz-Canel va llevando a su país a una nueva
catástrofe, el hondo hueco en el que la isla caerá si Maduro es
derribado en Venezuela, se seca la tubería del petróleo entre
Caracas y La Habana, y peor aún, Cuba pierde el dinero que obtiene
por los médicos que trabajan en aquel país. El actual
desabastecimiento de La Habana, que es realmente lo normal en casi
todo el resto de la isla, es solo un anticipo de lo que puede venir.
Díaz-Canel puede dar un puñetazo en la mesa, impulsar una reforma
radical de la agricultura cubana que restablezca la independencia, la
libertad de propiedad y la autoridad legal de los productores y
comerciantes de alimentos en la isla, o bien seguir hablando de
«extensionismo agrícola» y «agroecología» en sucesivas
reuniones o recorridos por el país hasta que la gente se tire a la
calle, porque ellos sí no van a hacer como las vacas. Y eso va a ser
lo último que publique Granma
antes de que la multitud irrumpa por la puerta del periódico.

Juan Orlando Pérez

Juan Orlando Pérez

Es, tercamente, el que ha sido, y no, por negligencia o pereza, otros hombres, ninguno de los cuales hubiera sido tampoco particularmente estimado por el público. Nació, inapropiadamente, en el Sagrado Corazón de La Habana. A pesar de la insistencia de su padre, nunca aprendió a jugar pelota. Su madre decidió por él lo que iba a ser cuando le compró, con casi todo el salario, El Corsario Negro. Él comprendió, resignadamente, lo que no iba a llegar a ser, cuando leyó El Siglo de las Luces. Estudió y enseñó periodismo en la Universidad de La Habana. Creyó él mismo ser periodista en Cuba durante varios años hasta que le hicieron ver su error. Fue a parar a Londres, en vez de al fondo del mar. Tiene un título de doctor por la Universidad de Westminster, que no encuentra en ninguna parte, si alguien lo encuentra que le avise. Tiene, y eso sí lo puede probar, un pasaporte británico, aunque no el acento ni las buenas maneras. La Universidad de Roehampton ha pagado puntualmente su salario por casi una década. Sus alumnos ahora se llaman Sarah, Jack, Ingrid y Mohammed, no Jorge Luis, Yohandy y Liset, como antes, pero salvo ese detalle, son iguales, la inocencia, la galante generosidad y la mala ortografía de los jóvenes son universales. Ahora solo escribe a regañadientes, a empujones, como en esta columna. La caída del título es la suya, no le ha llegado noticia de que haya caído o vaya pronto a caer nada más.


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COMENTARIOS

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X

Lo único que le reprocho es que haya usado el término “las Américas” en vez de “América”. Esto es darle alas a una confusión creada por los estadounidenses sobre el nombre del continente, que es ajena al mundo hispano.


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...
Andujar

Me muero de la risa… los recuerdos de mi infancia tienen como fondillo sonoro el noticiero hablando de la zeolita y el pastoreo racional Voisin, son las unicas noticias “de esa epoca” grabadas a fuerza de escuchar o leer la anunciacion consuetudinaria de dichas panaceas. Fidel debio haber sido un viajante de comercio, de esos que bien retrata la literatura, tragicomicos, enamorados de la ultima campanada que, en su mente narcisista, les haria convertirse en celebrados pioneros de algo, dotaria de un proposito mesianico la simple ocupacion del vendedor. Esa psicapatologia del comandante fue manifiesta hasta sus ultimas horas. No solo las ideas lo seducian como a nino sin juguete, sino las personas, y asi se enamoraba de cualquier boquirrubio habil en adular su megalomania.


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...
Miguel Iturralde

Magnífico artículo, Juan Orlando, como ya nos tienes acostumbrados. Aquí has traido algo que había pensado vagamente en agún momento, y es la desaparación del pueblo cubano. Aunque sea joda tiene un filo de verdad.

No estaba al tanto de la cifra de importación de alimentos, casi el 70% es obsceno para un país con excelentes terrenos agrícolas, un clima apropiado para el cultivo a secano de ciertos productos y también con agua para riego. Y aún así, el modelo cubano sigue siendo la meta a alcanzar de muchísimos tontos útiles.

Saludos.


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...
Teresa Dovalpage

¡Buenísimo artículo! El mejor ejemplo de castigat ridendo mores que he visto últimamente. Me ha traído mi (casi) lejana juventud en sus párrafos. Voy a seguir a este autor.


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Rafael Perez

Excelente artículo. Me hizo reír, pero también reflexionar sobre la inmensa falacia, el gran espejismo que ha sido esa Revolución. La comparación entre las descabelladas ideas expuestas por Fidel castro en 1991 y las no menos descabelladas salidas de la boca de Díaz Canel, sirven para demostrarle al que aún lo dudue que si hay algún continuísmo bajo ese régimen es el tremendo frcaso de sus planes y políticas. Estas referencias cruzadas le dan al artículo dinamismo y ayudan al lector no avisado a conocer cómo ha sido el devenir del proceso cubano. Que estos castristas hablen de soberanía alimentaria en un país que se autoabstecía delos prouctos básicos que componían la alimentación del cubano e incluso exportaba parte de ellos, es una obscenidad de estos mandamases.


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Meme

Juan Orlando, parece que tuvieras 100 años y los hubieras vivido íntegramente andando en un tren cubano de oriente a occidente. No parece información sacada de los periódicos o libros, sino de la vida misma de cualquier cubano, uno puede llorar y reír con esta “ironía” con que escribes, eres un maestro de este recurso, te envidio y te admiro a la vez. Felicidades. Malo que hayas terminado en Londres, con tanta falta que nos hacías aquí en Cuba, lo siento, por nosotros, y también por ti que vives sin amaneceres ni atardeceres…


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...
babujal

Y para que nadie crea que JOP esta exagenrando, 1 dia después de leer este sabroso artículo, se aparecen con lo del trío del terror: el avestruz la jutía y el cocodrilo. Saludos y gracias


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