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Félix Contreras. La novela de su vida - El Estornudo
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Félix Contreras. La novela de su vida

José Lezama Lima le dice pasa a mi casa. Dulce María Loynaz: pasa a mi casa. La lista de amigos asciende, igual que las sospechas.

Yoe Suárez
23.04.2019 Por Yoe Suárez / Foto: Yoe Suárez 19 minutos de lectura.

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Un jovenzuelo
llamado Félix se une a un comando urbano.

Mientras lee los cuentos arrugados de Carteles y Bohemia, con los que otros cubren viandas y medicinas, piensa cuánto se perdió al incendiar la biblioteca de la ciudad. Ni a Hemingway ni a Faulkner podrá leerlos ahora, pero sí hará, de alguna manera, la revolución.

Con un puntapié
el empleador lo saca de su letargo, le dice que monte en la bicicleta
y ponga todo como se debe, que los clientes se quejan del mensajero
demorado y las cosas mal envueltas.

Por el centro de
Pinar del Río un saco de huesos acciona los pedales, que a su vez
mueven la cadena, que a su vez hace girar la rueda, que a su vez
acorta el tiempo. Se apresura a dejar los mandados, a volver para
cobrar su minucia, porque esta noche va a matar a Cara Linda.

No debe llegar
tarde a la parada donde estará bien vestido, pulcro como la aurora,
el tipo que ha asesinado quién sabe cuántos miembros del 26 de
Julio. El grito de Félix ha de ser oportuno para que la gente
atienda hacia el fondo de la guagua y no vean cuando los muchachos le
peguen el tiro al muy cabrón.

No va a pasar de
hoy, aprobó el jefe, Panchito Sevilla.

Félix y los
muchachos se encargarán de él.

***

Un niño guarda
este recuerdo en su memoria: la visita, con su madre, a Paso Real de
San Diego.

Era un pueblo
triste en 1950, aunque menos triste, en verdad, de lo que sería, por
ejemplo, hacia finales de siglo, o de lo que es en la actualidad.
«Hoy todo es más gris que diez, veinte, treinta y ochenta años
atrás», se lamenta Félix, mientras recuerda aquella noche
primordial: la cama, la almohada blanda, el perfume del almidón,
aquella misteriosa y cercana nube blanca flotando sobre su nariz.

Félix tiene
casi 80 años. Los fines de año se sacude la soledad y corre con su
única pariente viva: la prima de San Diego. Luego de la cena, y si
no se ha encabronado por el cucharón de manteca rociado sobre su
plato, se deja caer en algún cuarto vacío de los que ahora se
alquilan a turistas. La casa, que es también un exitoso hostal,
todavía recuerda la infancia. Eso sí: Félix ya no duerme bajo
ningún mosquitero.

Luego, como un flashazo en sepia, le pareciera estar viendo a las hermanas Fuxa, maestras de primaria que cuando se perdía de la Escuela José Martí le repetían: «Oiga, Contreras, pobre, pero decente. Y no falte a la escuela».

Aún era chico
cuando lo arrancaron de la escuela y lo condenaron a una venta de
viandas. Todo el día planificaba su escape. ¿Para volver a la
escuela? ¿Al hogar fracturado del que la madre se fue para no volver
jamás?

Ni siquiera pudo
colarse en el colegio para niños de la calle del maestro Febles. Su
única opción. Allí permitían la asistencia al aula sin zapatos,
sin camisa, casi en cueros. Así muchos niños misérrimos en Pinar
del Río aprendieron a leer y a escribir.

Más tarde
Félix, literalmente entre col y col, se escapaba a unas tertulias
sabatinas. Por la polvosa carretera a La Coloma, el muchacho huesudo
llegaba hasta la casa del viejo comunista Gerardo Tejedor, amigo de
un tal Juan Marinello que mentaba mucho. Recién llegado de México
en 1954, Tejedor le prestaba libros y le mataba el hambre con
meriendas.

«Puro taller
renacentista —dice Félix—, allí se hablaba de marxismo, se
hacía cerámica, artesanía, un poco de química, en fin, de lo
humano y lo divino en la manera más abierta, despojada de
formalismos académicos».

Tejedor y su
esposa, Fina, matrimonio sin hijos, adoraban estar rodeados de aquel
montón de chiquillos callejeros.

Pero fue otro
ángel el que cambió años después la vida de Félix. Alfredo
Valessi, profesor nicaragüense-mexicano, estaba en Pinar del Río
enseñando teatro. Le llegó con un notición a Félix: había
conseguido una beca, en La Habana.

Para 1961 La Habana es aún una de las capitales más deslumbrantes del mundo occidental, todavía con algo de vida nocturna babilónica. Para los cubanos del interior del país había un muro psicológico, más allá de la distancia geográfica.

Cuando dio la noticia algunos familiares escupieron su suerte; y los socios del parque Colón le vaticinaron un fracaso. «Pero no me conocían: yo estaba que me comía el mundo, realmente no me conocían». Valessi le dio los dos pesos y 25 centavos para la guagua. En la 5ta Avenida del lujoso barrio de Miramar, se bajó y enfiló a pie hacia la calle 84 buscando, papelito en mano, el Hotel Comodoro.

Llegó mucho
antes de la apertura de la escuela, prácticamente sin saber qué iba
a estudiar. Sus condiscípulos irían llegando poco después, casi
todos procedentes de la Campaña de Alfabetización. «O sea, fui el
primer becario de la Revolución Cubana, porque por la Escuela
Nacional para Instructores de Arte, en el Hotel Comodoro, comenzó el
Plan de Becas Nacional».

Félix, durante
semanas, fue el único habitante de aquel suntuoso edificio atendido
por diez o 15 personas: cocineros, milicianos, choferes, empleados de
mantenimiento; con las salas de juego aún intactas, y él allí como
el fantasma de una ópera que, a ciencia cierta, no sabía cómo iba
a sonar.

Los fines de
semana paseaba, con los ojos como platos, por el Country Club,
Miramar y el Laguito. A ratos veía los Chevrolet brillosos de las
familias Aguilera Sánchez, Álvarez Cabrera, Arroyo Márquez,
Barletta Barletta, Blanco Colás, Blanco Herrera, Falla Bonet, Loret
de Mola, Gómez Mena, Lastra Humara, Suero Falla.

Más tarde le dirían que eran burgueses, y que, como buen joven comunista, debía aborrecerlos. Pero antes de eso, lo que hizo fue podar jardines. «Como el de Laura Gómez Tarafa», dice Félix, como si el nombre indicara algo más que una sombra de otros tiempos.

Foto: Yoe Suárez

***

En la escuela el
estudiante se sentía como apadrinado por los Médici: «Comíamos
leyendo, escribiendo un poema, comentando la última clase de Pita
Rodríguez sobre surrealismo francés, la de Arenal sobre Arthur
Miller… Vivíamos en plena fiebre y actividad cultural. Me ayudaba
muchísimo estar mezclado con alumnos de mayor escolaridad, mucho
talento, más mundo, como Rosa Ileana Boudet (la musa lánguida que
todos soñábamos conquistar allí), José Luis Rufins, Teresita
Aguilera, Rolen Hernández, Julio Capote, Raúl Lima».

Pero una espada
de Damocles amenaza al emigrante —fuere cual fuere su destino—:
el fracaso, el retorno al punto de origen, la mofa de los conocidos.
Félix comenzó a tener pesadillas recurrentes, horribles, soñaba
que volvía a su pasado de trashumante por todo Pinar del Río, que
volvía a trabajar en las arroceras de Alonso Rojas, metido hasta el
cuello en las ciénagas de la costa sur, como a sus 14 años. Por
suerte, había otros sueños, heroicos o románticos: volvía a la
ciudad natal, con sus amigos Raúl Barón y René Pérez, los
compinches de la célula del 26 de Julio, para ajusticiar por fin, o
acaso todavía una vez más, a Cara Linda. O se casaba con la
millonaria norteamericana Bárbara Hutton. La Miss salía
continuamente en las revistas por sus romances con mulatos del
Caribe, y Félix se masturbaba violentamente con ella.

Cuando no podía
más con su propia vida interior, se asomó a la biblioteca de la
escuela. Susurrando llegó hasta un poeta flaco que le alcanzaba los
libros. Francisco, que aún no era Francisco de Oraá, le dijo como
quien dice lo obvio: «Escribe eso, haz un poema».

Lo hizo sentado
a la orilla del mar. En la costa de Miramar —privada hacía apenas
dos años—, un desamparado de la provincia más desamparada,
escribió sus primeros versos… Y aquello fue catártico,
medicamento. Adiós a las angustias nocturnas.

De cuando
soñé con un cheque por tres millones de pesos
; así se lee hoy
en las antologías, pero en el manuscrito en vez de pesos
decía dólares, algo más afín con su contexto histórico.
Una vez publicado el poema, el pavor editorial por los símbolos
imperialistas lo fue convirtiendo poco a poco a nuestra
revolucionaria e inofensiva moneda.

El poema lo mostró a su amigo, Sigfredo Álvarez Conesa, y a algunos profesores. Félix se hizo muy popular en la escuela: aquellos versos le dieron lindas novias, confianza, y le revelaron que la poesía era lo suyo.

***

Félix se fue a
Mantua (no a la italiana, sino la pinareña) a hacer su servicio
social.

Antes de llegar
«al culo del mundo», en el Consejo Provincial de Cultura lo
remitieron al comité local del Partido Comunista. El Secretario, a
quien, extrañamente para los tiempos que corrían y el cargo que
ocupaba, le decían El Yanqui, aguardaba expectante.

—Y, ¿a ti pa’
que te mandan aquí?

—Mire, yo soy
instructor de arte, me mandan de la provincia con la misión de
formar un grupo de teatro o pantomima, hablar de la cultura, la
superación y…

—Espera,
espera ahí, tea… panto… qué dijiste… meter aquí a los
guajiros en el artistaje… en la mariconería. No, no, tú te vas
pa’ la Provincia y dices que no queremos aquí artistajes ni
murumacas ningunas…

Volvió a la
ciudad de Pinar del Río, informó a una funcionaria de Cultura que,
en Mantua (no la de Italia), El Yanqui no lo quería ni pintado en la
pared. Tras una larga conversación telefónica entre la compañera y
el primer secretario del Partido mantuano, Félix volvió con sus
latas de leche condensada, un saco de libros y su mochila con botas,
camisas y pantalones con peste a chivo berrenchín.

—Bueno,
cuadro, yo te ubico, pero tiene que ser con la familia Coste, ¿ok?
Ah, ¿tienes hamaca…? ¡Qué no…! Pero, cuadro, cojones, de dónde
tu vienes…

A las mil y
quinientas llegó a un bohío. Lo recibieron unos muchachos durmiendo
en el piso de tierra, una mujer negra de churre, un tipo hosco en un
taburete recostado a la pared de yaguas.

—Mira,
muchacho, aquí somos solo de Dios —le advirtió mirando el suelo—,
aquí no hay ni comida ni nada… Me parece que usted debía volver y
decirle al señor Yanqui que aquí no tiene vida para eso de…

—Del arte…

—Anjá, deso…

«El Yanqui me
embarcó», habrá pensado Félix. En esa tierra perdida no lo
querían y, para colmo, eran religiosos. Adventistas del Séptimo
Día: no aceptaban bandera, escudo, himno nacional, ni la madre de
los tomates. Menos mal que la Revolución iba a acabar con todo
aquello.

Un año. Un año
de toneladas de paciencia, tolerancia, suspicacias, pero: «Logré,
con la ayuda de un sobrino de la madre, que era dirigente local, que
los niños fueran a la escuela puntualmente».

Al año Félix y
los adventistas se abrazaron por última vez. Ahora lo mandaban de
Mantua (no la italiana) para la base aérea cubano-soviética de San
Julián, en Guane.

—Para dar
superación cultural a guardias, oficiales, pilotos, profesores,
soldados, mecánicos, todos militares —le habían dicho.

La consumación
del servicio social fue, después, al norte de la provincia pinareña,
en las montañas San Andrés.

«Yo arrastraba,
por todos aquellos años de niño mataperreando, vacíos…, un
déficit en mi formación, y Pita Rodríguez y Humberto Arenal, que
elogiaban mi inquietud cultural de permanente turno, tan avispado,
tan puesto pa’ la cosa, me habían recomendado, al término del
servicio social, regresar a La Habana y seguir luchando».

En la guagua
hacia la capital, Félix recordaba esas palabras: «seguir luchando».
Como un mantra.

***

Como él, muchos
alumnos habían vuelto. En cierto modo, la Revolución había abierto
La Habana para los propios cubanos, como antes nunca estuvo.

El primer
reencuentro fue en una larga fila de aspirantes a trabajar en una
película. «El filme debía ser un clavo», quizá pensó Félix
cuando le dijeron que el título era La muerte de un burócrata.
De todos modos tenía que ganarse unos pesos.

Tenía que
amortiguar su vida de deambulante por toda la ciudad, cosa que,
peregrinamente, le provocaba un inmenso placer. La comida era lo de
menos. Iba a las funerarias vedadenses de Rivero y K, se sentaba con
rostro muy trágico cerca del féretro. Esperando, con la paciencia
del muerto. Y cuando pasaba la repartición de leche, té, café,
alguna chuchería: «el primero que agarraba era yo». Era un tanto
peligroso porque a veces los dolientes no le quitaban los ojos de
encima, como preguntando: «¿de dónde el difunto conocería a ese
joven?»

En eso pensaba
Félix haciendo la cola de extras para la película; entonces notó
en la fila unas caras conocidas. Entre ellas la de Sigfredo Álvarez
Conesa. Abrazos… ¡contra, flaco!, ¡qué bueno que te veo! Félix
se unió a partir de entonces a la tertulia de su socio, en las
escaleras del hotel Habana Libre, junto a Juan Carlos Tabío y otros
aspirantes a cineasta. «Él cortejaba a Delia, y yo a sus amigas
(estaba loco por tener una novia habanera)».

Finalmente,
llegó su turno de extra.

El director, un
flaco medio calvo con mirada luciferina, gritó acción, y la gente
empezó a moverse como una coreografía. Félix, de comparsa,
empujando un carro lleno de papeles que repartía obsesivamente a
burócratas sentados en sus burós.

Luego, en la
gran pantalla, Félix se ve, además, en otra escena. Muerto de
flaco, atraviesa el salón del antiguo Centro de Dependientes de La
Habana, hoy Escuela de Ballet. Ese pedazo de filme les costó a los
productores varios pies de metraje. Mil veces el flaco medio calvo se
cagó en la madre de Félix, porque al pasar frente a la cámara, la
miraba fijo, como hipnotizado. Y el flaco medio calvo gritaba:

—¡Coño,
corten!, que ese hijo de puta se viró pa acá otra vez.

***

Foto: Yoe Suárez

Un joven iba,
noche a noche, a la heladería Coppelia. No a tomar los alucinantes
(y ya extintos) sabores de aquellos tiempos, sino a dormir. Brincaba
el muro del fondo, frente al restaurante La Carreta, y se tapaba el
frío con una yagua.

Un «día
providencial», pasando por la Unión de Escritores y Artistas
(Uneac), se encontró con Humberto Arenal. Su exprofesor le dio la
dirección de su casa; Félix, por supuesto, no pudo reciprocar el
gesto.

Se repitió
mentalmente la esquina que le había dicho, la clase de edificio, el
color, mientras Arenal entraba en su pequeño Austin inglés, agitaba
la mano y se perdía rumbo al Malecón.

Por la noche
logró entrar al parqueo. Identificó el Austin. Se acomodó en el
asiento trasero. Tan blando comparado con la tierra prieta del
Coppelia. Pero las noches automovilísticas duraron poco. Una mañana
fue sorprendido durmiendo a pierna suelta.

«Ni un regaño,
me llevó a su casa, me dio un cuarto y durante dos años conviví
con el autor de El caballero Charles y su familia, como un
miembro más. Le leía mis poemas, me aconsejaba y me abría las
puertas de La Habana».

Los giros de la
vida superan los de la ficción.

***

Aquel joven,
Contreras, empieza a escribir en serio.

Se amista con lo
errante, con los cines, las tertulias, ciertos humos de tabaco.

José Lezama
Lima le dice pasa a mi casa. Dulce María Loynaz: pasa a mi
casa
. La lista de amigos asciende, igual que las sospechas.

La vida le
sonríe con una mueca impaciente y flacucha que le recuerda a sí
mismo. ¡Qué lindo cuando la vida se va pareciendo a uno! Poeta
promisorio en una generación de poetas; reportero que aprendía las
artes del buen periodismo viajando la isla de los dientes a la cola.

Agencia
Prensa Latina
, revista Cuba; la cúspide informativa.

Entonces firma
con otros 11 una declaración, y sale su nombre impreso en un
magazine revuelto que llaman Caimán Barbudo.

Resulta casi
surreal cuando cumplir un sueño se trabaja y se paga. Dirían
entonces los viejos: demasiado bueno para ser verdad.

Aquel mes de
marzo de 1972 permanece aún en la memoria; no hay precisión en el
día. El director lo llama a su despacho; lo despacha como a un
traidor:

—Contreras,
salga de aquí, váyase de Cuba. ¡Usted es
contrarrevolucionario!

Sale del
edificio. Después de todo Cuba es propiedad del Comité
Central de Partido Comunista, y el director no hará más que ladrar,
lo natural cuando faltan las razones.

Llega a Prensa
Latina
. Lo recibe un mural con su foto y abajo un pie que le
prohíbe entrar en la agencia. Recordaba un cartel de forajidos en el
lejano oeste. Receloso de la gente que comparte la acera sube por 23
hasta la Unión de Periodistas.

Lo atiende una
mujer, y le dice que no puede volver a sus antiguos trabajos.

—¿Y qué hago
para vivir?

La mujer le
propone un sueldo fijo para su tiempo sin empleo.

—¿Cobrar sin
trabajar?, ¡Eso es inmoral!

La mujer dice
una frase que revela el cariz policial de la Unión de Periodistas y
le exige dejar la oficina. Los tres meses sucesivos, abril, mayo,
junio, serán de huelga silente en los bancos de la Unión.

—Usted es
echaíto pa´lante, Contreras —le dice la mujer una de las mañanas
en que llega en su auto, y siguió hacia el caserón como si atrás
dejara una estatua.

La primavera
fantasma que corresponde a esta isla la pasa sentado, esperando una
enmienda. La imagen del joven flaco custodiando el jardín de la
Unión, con la ropa de días, debe haber atraído la atención de
ciertos ojos. La persistencia triunfa a veces por jodona.

Y entonces le
dieron trabajo. Le dieron trabajo en un ministerio. Le dieron trabajo
en un ministerio limpiando pisos…

***

Un escritor, ya
aplatanado en la ciudad de las columnas, viaja en una ruta 27 con su
colega Onelio Jorge Cardoso. Se le acerca un muchacho.

—Oiga,
compañero, ¿usted no se acuerda de mí?

Tuvo por
respuesta un silencio prolongado y unas cejas alzadas.

—Yo soy el
hijo de Coste, el adventista, usted vivió en mi casa, usted hacía
pantomimas y nos recitaba poesía…

—Ah, sí, sí,
¿y qué haces acá?

—No, nada,
nada, que estudié ingeniería en la Unión Soviética y vengo pa’
trabajar en los talleres de los trenes aquí, en Boyeros…

Félix sonríe.
No todo está tan mal.

***

Su vida pudo ser
el argumento para una buena novela. Humberto Arenal prometió
hacerlo, pero la muerte se lo llevó. Ahora, Félix sigue armando la
vida diaria capítulo a capítulo. Cada vez con oraciones más
largas, de estilo reposado, que no le impiden soltar un pasillo o
improvisar canciones durante sus conferencias sobre ritmos latinos en
Brasil. Allá tropezó hace un tiempo con la palabra amor, le gustó
en portugués, y ahora tiene un pie en La Habana y el otro en Sao
Paulo. Quizá por eso, en sus períodos cubanos, el correo
electrónico le resulta tan importante.

Un amigo de la
juventud, fundador también del Caimán Barbudo, dice que las
historias de Félix son maravillosas, no importa si fueron o no…
Dice «las historias de…» A todas luces, Félix suele tomarse
licencias poéticas sobre su vida; de alguna manera se las arreglaría
para ser también el autor caprichoso y secreto de cualquier perfil
biográfico suyo.

***

En los hechos,
Pastor
Rodríguez Rodas, «Cara Linda»
, fue apresado en 1959 y
condenado a muerte. Escapó y fundó una banda en las lomas
pinareñas. Un infiltrado de la Seguridad del Estado fue quien le
disparó a mediados de 1962.

***

Foto: Yoe Suárez

Un hombre, Félix
Contreras, visita una librería.

Se acomoda entre
el público absorto en la presentación de un libro. El título no es
importante. Sí lo es dejar de compartir con nadie el apartamento de
la calle Soledad. Dejarlo por un rato más solo aún.

El tiempo le ha
regalado los espejuelos redondos, la voz fina, intermitente por un
carraspeo que le otorga más tiempo a pensar. La facha cuidada por el
buen gusto, pero descuidada por la vida de escritor. El limbo entre
el know how y el rudo how much.

Félix
Contreras
(Pinar del Río, 1939) es un tipo que camina, ama los
árboles y añora La Habana de ensueño que visitó adolescente. Aún
frunce la nariz buscando la fuga de gas en sus calles, y trenza
largamente la realidad y el cuento mientras se da sillón.

Para un hombre
como este es perfectamente entendible acabar en la librería de la
que les hablo, o en cualquier librería, da igual.

Lo que es raro,
rarísimo en verdad, es que el tiempo se muerda la cola tan
atrevidamente. El tiempo padece de crueldad, pocas veces de cinismo.

—¿Usted se
acuerda de mí? —una voz se adelanta al cuerpo por sobre el hombro
de Félix. Y Félix no puede olvidar a quién pertenece esa voz.

Sin voltear la
mirada asiente o niega a medida que el otro indaga. ¿Ya dejó de
trabajar en Casa de las Américas? He visto sus libros recién
publicados.
¿Sigue escribiendo poemas?

El rodeo tiene
un fin. No habrá banderilla para la memoria, sino una bandera
blanca. La gente empieza a aplaudir, y alguien invita al público a
comprar el libro en unas mesas cercanas.

—Félix,
quiero pedirle perdón por lo que ocurrió… Yo solo cumplía una
orden, y no fui el único entonces…

Eso sí que no.
El presente sí, pero el pasado no. Dejando la silla, regresando los
ojos:

—No creo que
sea a usted a quien hay que perdonar… Al fin y al cabo, usted nunca
ha sido nadie.

Una bala
memoriosa. Camino a su casa Félix pensaba que hay muchos modos de
matar. La expresión de Cara Linda cuando se supo perdido (¿en la
vida real; en el sueño de Félix?) pudo ser aquella que atisbó en
los ojos del gris exdirector de Cuba.

(Partes de este perfil fueron publicadas en la revista OnCuba).


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COMENTARIOS

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...
Racso Morejón

Excelente. Ya se lo dejé saber al autor, Felix Contreras da una novela, él y su azarosa vida lo merecen!


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...
Rodriguez

Grande Félix. Es verdad q es medio mitómano, pero un gran contador de historias y excelente ser humano


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