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Cazadores furtivos - El Estornudo
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Cazadores furtivos

El Ministerio del Interior (Minint) es la institución certificada para expedir y controlar armas de fuego. La práctica de caza se rige por el Decreto-Ley No. 262 sobre armas y municiones.

Yoe Suárez
11.06.2019 Por Yoe Suárez / Foto: Yoe Suárez 13 minutos de lectura.

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Un par de motos atraviesa la Carretera Central como chicharras mecánicas. Llegando al Punto de Control reducen la marcha ante unos policías con cara de moais mulatos. Los motociclistas visten ropa de campaña y uno de ellos carga, en una cajuela plástica, un pointer huesudo. El perro se asoma como olfateando el polvo que queda atrás, en la ciudad de Camagüey. No es difícil imaginar en qué andan.

Vuelven
a respirar. Las armas que llevan ocultas, por esta vez, no serán un
problema. Muñequean; adelantan carretones tirados por caballos,
ómnibus interprovinciales, antiguos camiones Ford, rumbo a un llano
apartado que lleva por nombre Bidot.

***

Luisito
y su padre, Enrique, detienen las motos en un camino polvoso cercado
de pasto alto. Enrique protesta y baja el pointer de la cajuela. Dice
que se asusta, que no sirve este perro. Toby, cola inquieta, parece
sofocado, o alegre, o suplicante. Se mete en un charco cercano y sale
torpemente cuando oye el rugir de los motores.

Enrique mira sobre su hombro mientras las canas se le despeinan, y susurra: «Pa que aprenda». Unos minutos después, Toby llega hasta él con ojos agradecidos. Enrique duda del cachorro. Desde los 20 años, cuando empezó a irse de caza con su padrino, sabe que sin perro es imposible dar con el rastro de las presas. Si el pointer no hace lo suyo habrá sido en vano la rueda hasta acá y el riesgo de cazar fuera de temporada.

Caza en Camagüey / Foto: Yoe Suárez

—A
mí siempre me gustó la jodedera esta —dice Enrique y saluda a un
guajiro que acostumbra a cuidarle las motos y permite que cacen en
sus tierras. Bidot es una sucesión de fincas que parten el llano con
alambradas, y a cuyos permisivos propietarios los une la amistad con
los cazadores.

Toby
espanta unas gallinas y se mordisquea con uno de los seis perros del
guajiro.

—Bueno,
mijo —advierte el hombre, mostrando una panza de globo— ya usté
sabe aquí cómo está la mierda e vaca.

Sobre
la tierra labrada, rumbo al llano abierto, se nos pegan en las botas
plastones de fango paralizante. Los carneros balan cerca de las pocas
casuchas de tablas repartidas por la zona; las reses van, a veces,
más lejos. Entre las hierbas altas y en las escasas arboledas
gorjean palomas rabiches, guineos, torcazas, codornices. Blancos que,
una vez en movimiento, prenden los ojos de Enrique.

En
las fiestas de balines ha llegado a derribar hasta 10 guineos, ave
escurridiza donde las haya y cuya carne, dicen en los campos cubanos,
es capaz de alzar la hemoglobina de los moribundos. Cuando la crisis
económica de los noventa dejó a Cuba sin comida, Enrique se iba al
monte casi todos los días. La familia asegura que los guineos con
que retornaba a la ciudad salvaron a una prima recién operada de
cáncer.

Como
en su juventud, va de caza en moto, aunque no es la misma de antes.
Gracias a sus viajes a Estados Unidos para traer ropa y venderla, hoy
monta una mejor.

Ahora
hace como con él hicieron: lleva a su hijo, Luisito, desde que
cumplió la edad suficiente para empuñar la 20 de un solo cañón,
cuyas partes monta diestro y silencioso. Lo ha convertido en uno de
esos que, entre inscritos e ilegales, rastrean presas fuera y dentro
de los amplios cotos de caza que controla la Empresa Nacional de
Flora y Fauna. Uno de los mil 500 cazadores del territorio, según
estimaciones de practicantes locales.

Si
bien la cifra es alta, los campos camagüeyanos no son los más
prolíficos en este aspecto. Para ser la provincia más extensa del
país (con mayor superficie rural), contaba apenas hasta 2016 con 13
cotos y áreas para la cinegética o caza deportiva. Solo supera a La
Habana (con seis) y permanece muy lejos de las casi 100 demarcaciones
aprobadas en Villa Clara.

Luisito
es solo uno. Pero, en cada cacería, está obligado a ser el dos.
Debe ir siempre con Enrique. Aunque tiene 27, una esposa y una hija,
siente lo mismo que de niño cuando iba de paseo con su padre.

—Él
es quien tiene licencia para portar armas —dice anhelando lo ajeno.

***

El
plomo borbotea dentro de la lata. Por el fondo agujereado el líquido
hace un giño de sol antes de caer, hecho una gota espesa, sobre la
mieldepulga,
ese producto natural viscoso como melaza.

—Si
lo echo en agua el plomo pierde la forma esférica: se aplasta contra
el fondo de la olla —explica el maestro de armas clandestino a sus
poquísimos invitados.

Un rato a temperatura ambiente y ya está el primer balín. Harán falta muchos más para la lluvia metálica que hará caer las aves.

En
otra parte del patio, alguien presiona un cilindro filoso contra una
chancleta vieja, y saca piezas de goma del grosor de un junco. En los
cartuchos vacíos, cada una será apretada hasta reducirla a un
cuarto de su altura original. La acompañarán un poco de pólvora y
los balines de plomo made in home.

El
Ministerio del Interior (Minint) es la institución certificada para
expedir y controlar armas de fuego. La práctica de caza se rige por
el Decreto-Ley No. 262 sobre armas y municiones.

Las
autoridades comenzaron prohibiendo toda compra de cartuchos que no
fuera a través del Minint, pero hace años que no los producen. La
pólvora proviene de un trasiego umbroso; a veces, incluso, jóvenes
del Servicio Militar Activo hurtan balas de los campos de tiro. Luego
estas acaban como insumo en talleres clandestinos, generalmente
familiares, donde se siguen métodos de fabricación tan artesanales
como efectivos.

De
modo que existe cierto laissez faire
por parte del Minint, mediado quizá por estas dos realidades: los
controles son fuertes y las armas de los cazadores no han apuntado
jamás sus cañones hacia el poder.

Quienes
poseen armas acá son sobrevivientes, en su mayoría, de aquellos
años 60 en que cada cubano se consideraba un soldado. Según la
concepción promovida por Fidel Castro, las milicias alistaban a los
civiles aptos militarmente en cada localidad, y solían organizar
entrenamientos sistemáticos. Era común que el miliciano llevara su
fusil a casa. Muchos conservaron esas armas.

En
los primeros seis meses de 1959, el gobierno revolucionario radió un
llamado a quienes tuvieran alguna para que la presentaran ante la
Policía. El anuncio aseguraba que solo las registrarían, bajo
ningún concepto serían decomisadas. El caso de José Fernández es
otro buen ejemplo de lo que ocurría en aquellos años. Policía
militar del Batallón 1 de La Cabaña, llegó a una estación de la
Avenida Zapata. Sacó del cinturón un revolver 38, luego también
una Colt que lo acompañaba desde la Sierra Maestra, y a continuación
se excusó: otro día podría registrar su descuidado fusil
Springfield, y el Garant que, en casa, no recordaba dónde estaba
guardado.

***

Hay
que callar en el llano. Dice Luisito que las aves nos oyen de aquí a
allá, y señala a lo lejos.

—Este
perro es un pendejo —gruñe Enrique mientras Toby corre en
círculos, empapado tras meterse en una charca medio seca adornada
con vacas anémicas—. Hay que ir tirando con este hasta que otro
aparezca.

Caminan
sobre una línea de tren ligeramente elevada. Desde ahí ven un
bosquecillo.

—Entre
esos pitos de bambú están las palomas y los guineos.

Andan
un rato hasta llegar a una casucha de tablas y tejas de fibrocemento.
Otro guajiro recibe a los cazadores. Conoce sus nombres. Dice no
haber visto ningún bando de las aves que buscan los recién
llegados. El hombre, sin camisa, cuenta que antes venían muchas por
la zona.

—Pero
como la Pino 3 se secó… —sigue el guajiro, con un gesto de pena,
refiriéndose a una presa cercana bebida por la sequía— Acá lo
que hay es torcaza.

Los
cazadores dan las gracias. Se aproximan a unas matas cargadas de
fruta.

—Si
no le tiramos a nada, al menos cazamos
una jaba de guayabas —bromea Luisito.

Sabe
que esta no es la mejor época. Hacia finales de año, cuando abre la
temporada, hay bandadas de palomas y yaguasas (una clase de pato) a
pedir de boca. Ahora las codornices, por ejemplo, están empollando
sus crías.

Toby
corre a todo lo que da, como en una competencia, para luego volver
con Enrique, impasible, a igual velocidad. Van rumbo al bosque de
bambúes, cuando Luisito se agacha:

—¿Eso
es una pluma?

—¿Nueva
o vieja? —se aproxima el padre.

—Nueva.

Alzan
la vista y otean a la redonda. Un movimiento rompe la quietud del
llano.

—De
ahí voló una codorniz —susurra Luisito. Luisito, en verdad,
susurra para todo. Un tímido ulular lo pone aún más en guardia.
Toby se ha calmado y parece otro perro. Siente el olor y se
tensa en dirección a un marabuzal, como un dibujo animado. (Vaya
correlación de quienes no sabemos nada: es más probable que el
dibujo animado se tense como Toby).

Al
incorporarse, Enrique ordena entrar a su hijo, con una seña de
manos. También le indica que si sale una codorniz del refugio no
dispare. Si salen dos sí. Avanzan, cada quien por un flanco. Toby
sigue a Luisito sigilosamente.

Al
rato se encuentran los tres, otra vez, afuera.

—Solo
estaban las crías, se oían, pi, pi, pi; y salió volando una
grande. Por eso no le tiré.

Enrique
asiente. Hace días derribó un ejemplar ahí. No puede precisar si
la hembra o el macho; lo que sabe es que no debe matar al otro
progenitor, o los polluelos no llegarían vivos al invierno. Lo dice
sosteniendo los dos cañones de su escopeta 12.

—Sería
criminal —agrega. Toby se acerca y le lame una mano.

***

El
pastor entona el cántico final con un resonar de maracas. Pide a la
congregación que salude a quien tiene a su lado, y unas 20 personas
se abrazan y besan a pesar del mediodía abrasador que atraviesa las
tejas metálicas del templo.

El
pastor no está de ánimos hoy, y luego de atender unas pocas
consultas, se va al fondo de la iglesita, en la periferia de la
ciudad de Camagüey, para hablar con su esposa. Ahí ya no es más el
pastor sino, simplemente, Luisito.

Las
investigaciones para entregarle la propiedad de las armas de su padre
no acabaron como pensaba. El traspaso le fue denegado. Él, que no
tiene antecedentes penales, ni discapacidad alguna, sabe que el
paraguas se trabó en la entrevista con el presidente zonal de los
CDR (Comités de Defensa de la Revolución).

Sospecha
que no dio su aprobación por razones tan diversas como la más llana
envidia o la militancia religiosa. Y la licencia se fue a bolina.

—¿Y
por qué la deseas tanto?

—Cuando
mi padre va de viaje a La Florida tiene que entregar las escopetas, y
si quiero irme a cazar no puedo.

Luego
me explica que
también les exigen entregar las armas cuando alguna delegación
extranjera o del gobierno cubano visita la ciudad, o en fechas de
grandes movilizaciones como el 1 de mayo. Además, de acuerdo con la
ley vigente, el Ministro del Interior puede suspender o cancelar de
un plumazo «la vigencia de todas o parte de las licencias»;
incluso, ordenar la recogida obligatoria de las armas.

La
esposa de Luisito, cambiando pañales, dispara socarrona desde el
cuarto: que si vive metido en el monte, que si la deja sola con la
niña. Le encanta halarle la lengua. Él devuelve el tiro con una
sonrisa ladina. Que con ese deporte lleva comida a la casa y, lo más
importante, que es una manera de desestresarse.

Entre
las especies concedidas por el calendario anual del Ministerio de
Agricultura (Minag) cuentan también los patos de La Florida,
cuchareta, pescuecilargo, cabezón y morisco. Poblaciones que
invernan en Cuba para, a veces, terminar burbujeando en un caldo
casero.

En
1982 el Minag estableció una veda «permanente y general» para la
fauna silvestre nacional. Su caza y captura solo están permitidas
entre inicios de noviembre y finales de marzo.

En
esas fechas, el Servicio Estatal Forestal entrega la autorización
para la práctica cinegética, previo trámite ante la Federación
Cubana de Caza Deportiva. El permiso individual emitido en cada
provincia es válido únicamente para ese territorio, excepto el que
poseen los cazadores habaneros, efectivo para las áreas aprobadas en
la capital, Pinar del Río, Mayabeque, Artemisa y Matanzas.

Si
creen que esto es discriminatorio, lean el siguiente párrafo.

De
acuerdo con la Gaceta Oficial, los días de caza autorizados para
cubanos son los sábados, los domingos y los feriados comprendidos
dentro de la temporada. De otro lado, para los extranjeros, «la
actividad puede efectuarse todos los días del periodo habilitado».

***

Luisito, hace posta ante una talanquera, de espaldas al bosque de bambúes. Los tallos gigantes se arquean hasta hacer una catedral ululante donde reposan las aves. Espera, espera, espera. Se cuelan golondrinas y otras aves que Luisito no siquiera mira, como un guardián benevolente.

—Si
le disparas a las torcazas que vengan, después no vuelven a
aparecerse por aquí, ¿no?

Las
patas inquietas de Toby sobre el colchón de hojas espantan la caza.
Con un regaño se calma.

—Sí,
y vuelven —contesta Luisito mirando la acuarela que ha formado la
tarde—. Es donde viven.

En
un reflejo gatuno, quita el seguro. Apunta a unas ramas altas.
Pólvora. El retroceso de la escopeta lo estremece ligeramente.

Cae
un peso muerto. Una torcaza.

—Yo
no me voy pa La Habana —dice— porque allá no puedo hacer esto.

El
perro cobra la pieza sin que se le ordene. La trae, mordisqueándola,
como a una pelota. Hay que luchar un poco para que la entregue.
Finalmente, Luisito la deja caer en el bolsillo bajo del pantalón
militar. Qué ruda sensación la del cuerpecito caliente junto a la
pierna a la altura de la rodilla. Los ojillos cerrados, unas gotas de
sangre en las manos. Sangre muy clara.

—¿Esto
se come?

—Si
no, no le disparaba.

Quizá
una emoción lo exalta: la de matar. Disparar el cartucho; poner un
punto final.

El
bambú, como un barco en alta mar, se mueve al compás del viento. Y
la garganta de madera silba una trémula melodía. Viene
tormenta. Hay que irse.

Sobre
la línea del tren, Luisito alcanza a su padre. Le muestra la presa;
el cadáver contraído en su bolsillo. Sin latir, algo late en ella.
Enrique porta un cuchillo de ranger
en el cinturón. Junto al cuchillo, cuelga del pescuezo una codorniz.
Apresuran el paso; ya llovizna y el cielo parece que va a caer.

Detrás
del guayabal, ya distante, un viejo borracho grita a los cazadores:

—¡Váyanse!
—y luego a la tormenta:— ¡Llévatelos, viento de agua!

Toby
deja de jadear y se paraliza. Los cazadores alzan los cañones y
describen en silencio una línea imaginaria. Pólvora. Algo cae. El
perro arranca. Enrique se apresura a seguirlo, y aterriza de un
tropezón.

—¡Cinco
más cinco! —se encabrona.

—¿Estás
bien?— le pregunta el hijo mientras le tiende una mano para
ayudarlo a incorporarse.

—Lo
que me duele es esto —y señala el fusil 12, lo revisa brevemente,
antes de manotearse las rodillas embarradas de tierra.

Cuando
Toby regresa los cazadores ponen serias las voces. Es una paloma,
pero mensajera. Luisito procede a desplumarla velozmente mirando para
todos lados, por si salta el dueño a reclamar.

—Ya
me extrañaba a mí que se hubiera dado tan fácil.

La risotada del borracho llega hasta ellos. Sigue rogando a la tormenta que nunca más regresen.

Video de cortesía de Diario de Cuba


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...
Jhans Oscar

Me rompió el corazón la parte en la que habla de las codornices y de que había matado al padre. Pero aún así es un tío de corazón, ver cómo respeta a la hembra para la supervivencia de los polluelos.
A veces soy muy sentimental .


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